por Héctor Pablo Rubini – © El muro
cultural.com
Historias Lunfas I: Lunfardo, Chamuyo Nuestro
...Y dijo aquel lunfa:
-"Me pregunta, amigo, / que es pa mí el lunfardo.
¿Lenguaje?.. ¿Chamuyo?.. / Es una caricia con perfume a yuyo / y es un
sentimiento que nació conmigo".-
(Fragmento de "El lunfardo", de Roberto Juan Beraldi,
primer premio del Círculo de Poetas Lunfardos del año 1994).
Tres millones trescientas mil almas provenientes
mayoritariamente de Europa, ingresadas a nuestro país entre 1857 y 1974, con un
altísimo porcentaje de italianos (38% según revela el Censo Municipal de la
Ciudad de Buenos Aires de 1887), por fuerza habrían de dejar su impronta en
nuestra lengua natal; y a fe que lo hicieron. Por ello, para formar filas junto
al Cockney, al Joual, al Gaunersprach, a la Giria, al Bargoens, al Balibalán, a
la Germanía, al Hiant-Chang, al Argot, al Caló, al Gergo y al Slang de
Inglaterra, Canadá, Alemania, Brasil, Holanda, India, España, China, Francia,
Portugal, Italia o E.E. U.U. respectivamente, a partir de la segunda mitad del
siglo XIX nace nuestro Lunfardo. En cuanto a la etimología del término, Amaro
Villanueva sostiene que deriva de "lombardo", que en dialecto
romanesco significa ladrón, y que nos llega en su forma acocolichada
"lumbardo". Esa trasmutación de la "o" en "u"
(lumbardo por lombardo) era común (y lo sigue siendo) en dialectos de la
península itálica; un caso palpable, y por todos conocido, es el de Comparsa,
con cuyo diminutivo se designa el tango quizá más representativo de ambas
márgenes del Plata: La Cumparsita. Por otra parte sabemos que
"cocoliche", voz que en sus orígenes fuera "cocolicho", es
el nombre del castellano arrevesado que hablaban los inmigrantes italianos
llegados a fines del siglo diecinueve, término derivado del apellido de un peón
de ese orígen que trabajara en la compañía teatral de don José J. Podestá, un
hombre llamado Antonio Cuccoliccio, cuyo lenguaje diera en imitar el actor
Celestino Petray. Por ello, al decir acocolichado, queremos significar hablado
al estilo de aquellos inmigrantes, con prosodia, léxico y sintáxis itálicos.
El 18 de junio de 1878, La Prensa publica una nota sin firma, en la que se dan
a conocer algunos términos compilados "por un comisario", para que,
según reza textualmente la nota: "Alguno de nuestros lectores saque
provecho de retener algunas de las siguientes frases si las oye en la calle y
se precave de la gente que de ellas se sirve". Perdonen el estilo, pero
reitero que es textual. Luego de esta introducción, se dan a conocer diversos
términos y su significado: MARROCA (Cadena); BOBO (Reloj); MINA (Mujer); y,
entre otros, LUNFARDO (Ladrón). El 18 de marzo de 1879, Benigno Baldomero
Lugones publica en el diario La Nación un artículo titulado "Los Beduinos
Urbanos". En él, Lugones proponía: "Hablemos un momento el Caló De
Los Ladrones... Y en nota a pie de página, refiriéndose a la pronunciación de
algunos términos: Pronúnciese en ésta y demás formas del lunfardo la che como
en la lengua francesa. Es decir, asimilaba el término lunfardo al inicial Caló
De Los Ladrones. En un segundo artículo aparecido en La Nación el 6 de abril de
1879, y que intitulara "Los Caballeros de Industria", el mismo autor
recoge y aclara diversas voces, a saber: ANGELITO (Tonto); ATORRAR (Dormir);
BACÁN (Rufián); BOLÍN (Hoy BULÍN, Habitación); BREMA (Naipe); BUFOSA y BUFOSO
(Pistola y Revólver, respectivamente); PIANTAR (Con el tiempo convertida en
ESPIANTAR, Irse); LUNFARDO (Ladrón); VAIVÉN (Cuchillo), y muchos más. Por otro
lado, en 1888, Luis María Drago escribía: "En el lunfardo de los ladrones
bonaerenses", etc... Y agregaba al repertorio que compilara Lugones
algunos términos: LLANTAR (Deformación del castizo Yantar, Comer); POLIZAR
(Predecesora de APOLIYAR, Dormir); TRAYA (Modalidad de hurto); VIANDA (Piedra)
y VIANDA A DOMICILIO (Pedrada).- Para Antonio Dellepiane, el lunfardo era el
argot criminal. Lo prueba cuando escribe: "Los criminales y ladrones de
los grandes centros del mundo se sirven de un lenguaje especial. En los
distintos países recibe diversos nombres. En Argentina se lo llama lunfardo
". También Borges en otro punto de la historia llama al lunfardo
"Vocabulario gremial, tecnología de la furca y la ganzúa". Aunque
personalmente adhiero a la teoría de que "tal definición es más hija del
amor que el maestro sintiera por la metáfora que de una íntima
convicción", sobre todo teniendo en cuenta la fascinación que ejercieran
sobre él personajes que, sin duda, se expresaban con dicho vocabulario.
Retomando el hilo de nuestras reflexiones diremos que pese a los conceptos
mencionados, el primero de febrero de 1887 aparece en La Nación un suelto sin
firma titulado "Caló Porteño", que finge un diálogo en el que dos compadritos
expresan su repulsa por el delito utilizando muchos de los términos que
Lugones, Drago y Dellepiane dan por exclusivos de lunfardos; y aquí viene a
cuento la referencia de Drago cuando dice que lunfardo es voz referida tanto a
la jerga como a los que se valen de ella. Respecto a los términos, eran
Atorrar, Bullón, Chafe, Estrilar, Falluto, Paica, Seneisi (Xeneise), Tano,
Zarzo y otros. Tiempo después, Luis Soler Cañás logró establecer que el autor
del suelto de marras fue Juan S. Piaggio. Así pues, lo que para los tres
primeros era un caló de ladrones, para Piaggio podía considerarse algo
distinto. Lugones, escribiente del departamento de policía, había escuchado
esos términos, al igual que el anónimo comisario mencionado al principio, y que
los criminalistas Drago y Dellepiane, de boca de ladrones y delincuentes, pero
esto no es de extrañar pues suponemos que también los malvivientes conocían la
jerga. En cambio Piaggio, periodista, y por tanto más familiarizado con el
lenguaje de la calle, lo oye y pone en labios de los compadritos. Y aquí cabe
aclarar que el eminente lexicógrafo don José Gobello, que fue uno de nuestros
referentes, y de quien reproducimos conceptos, nos ilustra al decirnos que éste
fue un personaje característico de Bs. As., y que su nombre,
"compadrito", se usa con el sentido general de "hombre del
pueblo bajo". Así, mientras los investigadores nombrados antes, creyendo
que se trataba de una tecnología exclusiva de ladrones o lunfardos, llaman al
conjunto de términos "Lunfardo", Piaggio, más sagaz, advierte que se
trata de un repertorio léxico-popular y no de una tecnología, nominando
entonces al conjunto de voces como "Argentinismos del pueblo bajo".
Si echamos un vistazo a los términos recogidos por Lugones, Drago y Piaggio, y
aún a los 414 recopilados en 1894 por Dellepiane, advertimos muchos -la
mayoría- de orígen italiano (Bacán, Biaba, Mayorengo, Punga). Esto se explica
dado el enorme número de residentes italianos en Bs. As. a fines del 1800. Pero
también las vertientes de extranjerismos de otros lares contribuyeron a
incrementar el caudal de este río de palabras. Lusitanismos tales como tamango,
buraco, cafúa, cachar, chumbo, amurar, fariñera, anteriores muchos de ellos a
la inmigración en masa, por lo que deben considerarse
"pre-lunfardismos", llegados, la mayoría, en labios de los esclavos
negros que hablaban, al arribar a América, un intento de créole de base
portuguesa. El caló, que aportó de suyo voces tales como afanar, chamullar
(aquí, chamuyar), junar, choro (devenida chorro). Términos del español antiguo
( yantar ), y moderno (rajar ). Vocablos argóticos acercados por el
proxenetismo francés (chiqué, mishé, gigoló, bullón, embrocar, escracho,
morfar), y aún voces aborígenes; del quechua, chucho y pucho; del guaraní, catinga
y bataraz. Y hasta aquí llegó mi amor. La seguimos en el próximo número. Y
mientras llega, les dejo un sonetito lunfa que escribí en un rato de ocio (de
los tantos...) y que dedico con cariño a todos mis invisibles seguidores:
¡Mirá que llamo a mi Hermano!
La runfla usó los guantes, y abrió la pateadora
sin violencia, sin gritos, sin un gesto guarango,
y amparándose en leyes, en los fueros y el rango,
tras currarles los cobres, no les dio ni la hora.
Acamaló monedas la clase yugadora,
para llegar a vieja disponiendo de un mango,
y ellos se las fanaron; y hoy, igual que en un tango,
sin fuerzas y sin vento, la angustia la devora.
Por eso ante tu imágen, postrados de rodillas,
Señor de los milagros y de las maravillas,
Te piden que los libres de sus trampas y curros
con una simple gracia que les cure las penas:
-"Vos, que tenés plaquetas de moishe entre las
venas...
¡Dale un shot en el tujes a esa manga de turros!"
Otro sí digo: Si puedo ser de
utilidad contestando alguna pregunta relacionada con el lunfardo, quedo a
vuestra disposición. Fraternalmente.
Historias Lunfas II El lunfardo, a veces despreciado, frecuentemente
invectivado, es, sin embargo, léxico que puede enriquecer y flexibilizar el
idioma nuestro de cada día. Sin entrar en vanas disputas o controversias;
coexistiendo simplemente. Son innumerables las ocasiones en que autores de
renombre utilizan sus voces, porque para referirse a determinados tópicos, no
hemos de hallar mejores en el idioma culto. Ezequiel Martínez Estrada, en su
obra "Sarmiento", dice: "Nada de criollismo literario y
macaneante". Y Gálvez, en "Hombres en Soledad", pregona:
"La actitud de Bardere, hasta ayer hincha de Oribe...". Estos dos
ejemplos bastarían; pero como yapa, que dicho sea de paso es un argentinismo
proveniente del verbo quechua "Yapay" (añadir), como yapa decíamos,
mencionamos de nuevo al omnipresente Borges, que del tema escribió bastante, y
que en su "Invectiva contra el arrabalero", utiliza los términos
boliche, voz de la germanía ("El Tamaño de mi Esperanza", Pág. 121),
y atorrantito, una creación local. Hacemos nuestros los conceptos del maestro
don José Gobello cuando encuentra extraño que mostrándonos orgullosos de que
Argentina sea un crisol de razas, no alberguemos el mismo sentimiento pensando
que somos un crisol de lenguas; y más extraño aún el hecho de que muchas
personas que se deleitan con las poesías del extremeño Chamizo y con las del
murciano Medina escritas en sus lenguas regionales, o con las deformaciones
idiomáticas de los sones de Guillén, no acepten de ningún modo el lenguaje de
Celedonio Flores o de Carlos de la Púa. Señalábamos antes que para expresar
determinados conceptos, el lunfardo es imprescindible. Y para ejemplificar,
tomamos una palabra del título que le dimos a estas líneas. Chamuyo. Voz
proveniente del caló, significa, según los vocabularios de Germanía, hablar o
conversar. Pero en verdad sugiere mucho más que eso, añade Gobelo, porque
supone una media voz propicia para la confidencia, para la declaración amorosa,
para las palabras tiernas. No se chamuya con los mercaderes ni con los
integrantes de la "barra brava". Se chamuya con la vieja, con la
mina, con un gomía... ¿Y engrupir?.. Engrupir, equivalente a engañar, en verdad
suplanta todo un texto. Comprobémoslo, recordando la celebrada cuarteta:
"De Esmeralda al norte, pa'l lao de Retiro / Montparnasse se viene al caer
la oración. / Es la francesita que, con un suspiro, / nos vende el engrupe de
su corazón". El poderoso acento lunfardo de toda esta estrofa, dice el eminente
poeta Horacio Ferrer, está dado por engrupe, único término lunfardo de los
cuatro versos. Así es el chamuyo de nuestro pueblo. Cambiante, vivo, recibiendo
el aporte de las diversas lenguas y las nuevas generaciones que arriman voces
de recambio para aquellas gastadas por el uso. ¡Pero si hasta los niveles más
altos mantienen en vigencia o reactualizan términos tales como curro, berreta,
trucho!...
Entonces, y concretando, tenemos un aluvión de términos nuevos que, entre
valijas de dimensiones escalofriantes y baúles de madera y latón, llegan a
nuestras playas en labios de la masa de inmigrantes que, acodados en las
cubiertas de tercera clase de los buques que arriban a fines del siglo XIX, se
devoran con los ojos el paisaje de una ciudad todavía con rasgos coloniales,
que a partir de ahora les brindará refugio y trabajo. Toda esa gente que llega,
de origen mayoritariamente italiano, y fundamentalmente masculina y joven,
posibilita que hablar de prostitución en la Argentina y en aquel momento, sea casi
obligado. Y es en la mezcla promiscua de la población autóctona y la inmigrada,
que coincide en academias de baile, casinos, piringundines y cafés de
camareras, lugares todos que son sinónimos de lupanares, donde muchos términos
dialectales se insertan en la jerga de los rufianes, y llegan a los compadritos
que, como ya expresáramos, son personajes de época. El compadrito, en aquel
punto, comienza a sazonar su habla particular con estos términos que lo seducen
por su eufonía y expresividad, y que despiertan en él un impulso lúdico, un
afán de imitar un discurso que le parece particularmente pintoresco y que le ha
de servir sin duda para ponerle aliño y condimentar su parla diaria. Así pues,
recoge y usa, pero con afán festivo solamente, y no con la pretensión de
inaugurar una jerga nueva o de crear un lenguaje profesional, términos exóticos
de los cuales, en su mayoría, respeta la fonética original (mina, miscio,
chafe, bacán) y otros que con el correr del tiempo va modificando (poleggiare,
sotala, rifilare). Y aquí no estaría de más matizar la aridez de estos
conceptos, señalando el origen anecdótico o real de algunas voces lunfardas.
Cuando los soldados de
Beresford y Witelocke llegaron a luchar a estas playas, entonaban una canción
que recordaba el "buen verde"de la campiña natal. Pero claro, la
cantaban en inglés, por lo que repetían "Green Good", que, desde ya,
habrá sonado a los inexpertos oídos de la población local como
"gringud", voz muy parecida a gringo. Esta leyenda, que recoge
Ignacio B. Anzoátegui en su poema "Las Invasiones Inglesas", es bella
sin duda, pero no sabemos que tan cierta, pues en su edición del año 1914, el
diccionario de la Real Academia registra el término gringo como sinónimo de
griego, señalando que en su acepción figurada y familiar, hablar en gringo
equivale a hablar en griego. Jean de la Rue, que dicho en francés suena muy
aristocrático, y que en castellano sería Juan de la Calle, en su
"Dictionaire de l'argot" indica que canne significa vigilancia de la
alta policía, de donde se inferiría el origen de la palabra cana, aunque no con
una seguridad absoluta, pues otra vertiente señala que el término provendría
del véneto incanear, encadenar, y aún una tercera, mucho más simplista, nos
informa que cana provendría de canasta, encarcelar en caló. En los amargos
tiempos en que todo se importaba en nuestro país, y no como ahora, a raíz de
trabajos iniciados para la obra sanitaria, llegaron de Francia unos caños
enormes que, apilados en el puerto de Bs. As., pronto sirvieron de refugio a
los "sin techo". (Créase o no, en los albores del 1900 había gente
sin techo en la metrópoli). Esos caños tenían estampado un gran logotipo en el
que se leía la inicial del nombre y el apellido completo de su fabricante: A.
Torrant. La fusión dio origen a la palabra atorrante. "Se non é vero"... Nos gustaba
la versión, por eso la consignamos, aunque para hacer honor a la verdad debemos
decir que en su Nuevo Diccionario Lunfardo, don José Gobello indica que el
término fue una creación de Eduardo Gutiérrez, que se inspirara en atorrar
(dormir), voz de origen incierto. Dos grandes problemas (entre otros) azotan a
los argentinos: El exceso de moscas, y la falta de "mosca". Y aquí
sería bueno señalar, por si alguien lo ignora, el porqué se llama así al
dinero. Es, simplemente, porque llega, se posa... y vuela. ¿Y a quien se le
ocurrió darle tal nombre? Nada menos que a Quevedo y Villegas, señoras y
señores, o a algún antecesor suyo, según nos lo indica esta cuarteta de don
Francisco: Por angelito creía / doncella, que almas guardabas, / y eras araña
que andabas / tras la pobre mosca mía.
Lo reconozco. Reconozco que
hay que ser audaz para imprimir un poema de facturación propia al lado de algo
que escribiera en su momento ese genio que fue Quevedo. Pero en fin. Yo soy
así. Y como por hoy terminan mis comentarios, te incluyo este soneto que titulé
“Figura"
El fuelle se estiró, como arrugada
caparazón de un monstruo que gimiera,
y en la noche callada y orillera
surgió el tango copando la parada.
El alma de percal de la barriada
desempolvó su musa arrabalera,
y la música, lenta y sensiblera,
se enredó con la rima enamorada.
Las parejas salieron lentamente.
Con su cuidado estilo reverente
hacia la pista caminó el morocho.
Abrazó a la papusa que esperaba,
y como el dos por cuatro interrogaba,
despejó la ecuación, marcando el ocho
Historias Lunfas III ¡Salute la barra!... Estoy de nuevo con ustedes. Y
presto para retomar la línea que comenzaramos en pasadas ediciones; esto es: Si
un compatriota dijera: ¡Estoy podrido!, ello sonaría grosero. Pero
personalmente nos curamos de espanto, cuando, leyendo "La Dorotea",
la novela dialogada de Lope de Vega, encontramos el párrafo que dice:
"Detenedle vos, que estoy tan podrido de ver que en todos los epitafios ha
de entrar el caminante". Y más aún, cuando comprobamos que, 300 años
después, Blasco Ibáñez escribía en "Arroz y Tartana": "¡Como se
cansaba uno en Valencia!¡Parecía mentira que la gente pudiera vivir en
semejante pudridero!". Así pues, de ahora en más, las cosas podrán
pudrirnos sin remordimientos. "Mina que te manyo de hace rato..."
Manyar tiene diversas acepciones, todas de igual origen. Manyar, por comer, del
italiano mangiare, que significa lo mismo. Las demás (percibir, conocer o comprender
tal como la emplea Roberto Arlt en una de sus Aguafuertes Porteñas cuando dice:
"Yo comprendo... el problema que está encarando... Lo interpreto, lo
manyo". O mirar, fijar la vista en un objeto ("...Manyando de ojo la
hilera / rantifusa de garabas" (rantifuso: de baja condición, por cruce de
rante, aféresis de atorrante, con esquifuso = repugnante, asqueroso) [Fernández
= "Versos..."] ) del italiano mangiare la foglia, que significa
entender el motivo de una cosa. En cuanto a mina, Mario Teruggi señala que
Menincanti y Spiller anotan en su Vocabolàrio del milanese de oggi, que en el
dialecto milanés "significaba otrora la prostituta que daba dinero a su
rufián; viene del francés mine en el sentido figurado de filón". Para
otros autores sin embargo, la palabra es un lusitanismo. En tal encrucijada, yo
me pregunto: ¿Y no podría ser que derivara directamente del español mina en el
mismo sentido figurado de filón?.. Y hablando de lusitanismos, "Era un
bondi de línea requemada / y guarda batidor, cara de rope", dice Carlos de
la Púa en "Línea 9". Pues bondi (tranvía, y, por extensión, vehículo
de transporte público y múltiple) es término carioca, nos informa el filólogo
Silveira Bueno. "Cuando se fundó en Río de Janeiro la compañía de
transportes colectivos Jardín Botánico, siendo la empresa inglesa, lanzó bonds,
esto es, acciones, para lograr el capital destinado a la adquisición de carros
eléctricos, y el pueblo, que no sabía inglés, identificó la palabra bond con el
propio vehículo". Es sabido que en el mundo a los argentinos nos
identifican como a los che. También en Bolivia se usa dicha palabra. En la
novela "Metal del Diablo", Augusto Céspedes, autor de esa
nacionalidad, escribe: "Estás muy gordo, che. La plata te ha mejorado
mucho". La etimología del término en cuestión fue asaz discutida,
atribuyéndosele origen en el guaraní, a partir de una deformación de chi
(hola); en el tehuelche y el pampa, donde significaría hombre; en el habla de
los araucanos, donde equivaldría a hijo; pero Ciro Bayo parece poner las cosas
en su justo término cuando señala que la voz no es más que el viejo ce de los
españoles, y se apoya en el acto primero de "La Celestina", donde
Calixto exclama: "¡Parmenio, detente, ce, escucha que hablan estos!",
y Monner Sans insiste en que che es español, que en ningún lugar se usa tanto
como en Valencia, y que una vieja copla recogida en Aragón, dice: En Zaragoza
nací / y en Valencia estuve un año; / allí me llaman el che / y allá me llaman
el maño. ¡Cheeeeee
Actual
Es delicado el tema que hoy abordo;
quiero decir, que me tenés podrido
con ese latiguillo repetido
de que "Viejo: Mirá que estás muy gordo".
Yo no soy gil, querida, ni soy sordo,
así que terminá tu consabido
discurso de que el pan está prohibido,
y darle al frito, lo rechaza el tordo.
Dejá los triglicéridos tranquilos;
terminá con la historia de los kilos,
la glucosa, la urea, la presión,
y la circulación que arruina el bobo,
que si tengo la panza como un globo,
es culpa de la globalización.
Historias Lunfas IV Siguiendo el hilo argumental de nuestra exposición,
decíamos entonces que el compadrito se apropia de las voces nuevas simplemente
por donaire, sin pretender crear un lenguaje profesional. Los que sí crean con
esos términos un habla distinta, son los saineteros, los periodistas y escribidores,
y los letristas de tango, según decires de don José Gobello. Señala Borges en
El Informe de Brodi", que "el lunfardo, de hecho, es una broma
literaria inventada por saineteros y por compositores de tango...". Y por
cierto que es así. Santiago Dallegri, en su libro El Alma del Suburbio, editado
en Montevideo, pone en boca de uno de los protagonistas estas palabras:
"¡Salí di'ahí, salí! ¡Vos también te has estranjerizao!.. Empezaste por
piantarte'e la esquina, chantando a tus relaciones como bochaso d'italiano,
luego cambiaste el lengo de ñudo caprichoso por el cueyín doblao y corbata'e
mona; adulteraste como alcohol en manos de bolichero, la melena'e corte a lo
San Antonio, pa presentar el pelo cortón como de conscrito...". Y sigue el
monólogo de esta guisa, aunque lo cierto es que nadie hablaba así. Esta es una
recreación literaria del habla del compadrito, de donde inferimos que, si en
cuanto léxico, el lunfardo es un producto directo de la inmigración, en cuanto
lenguaje (en referencia al idioma de un país y a su manera de expresarse)
resulta una creación literaria basada en los elementos léxicos inmigrados,
característicos del habla del compadrito. Sin embargo el lunfardo no se agota
ni en aquel léxico ni en este lenguaje. Nuevamente recurrimos a Borges que en
Evaristo Carriego dice: "El arrabal se surte de arrabalero (arrabalero por
dar otro nombre al lunfardo) en la calle Corrientes". Hay, desde luego,
una alusión directa a los sainetes de Carlos Mauricio Pacheco, de Alberto
Vacarezza y de tantos otros autores del llamado "género chico". Así,
y alimentado por las tres vertientes mencionadas, se crea un nivel de lengua
(siempre hablando de lengua literaria, claro) al que acceden quienes tratan de
hablar como los protagonistas de sainetes, tangos o creaciones literarias,
habida cuenta del auge de la literatura lunfardesca a partir del 1900. En un
primer tramo solo la gente del suburbio transita el nivel citado, pero más
adelante la clase pudiente participa de la nueva moda, y hace suyas expresiones
y palabras, hasta el punto de que en 1927, en la revista Don Goyo, de Bs. As.,
la periodista Josefina Crosa publica una nota titulada "La Influencia del
Lunfardo en la Mujer Actual", en la que afirma que las niñas de la
aristocracia emplean en el lenguaje coloquial términos tales como grupo, mango,
ragú y piantar. ¡Como para confiar en las niñas de la sociedad!
Aquí terminan estos apuntes sobre nuestro lunfardo. Y como es mi costumbre,
antes de despedirme hasta la próxima columna, quiero dejarles un poema del que
soy autor. Chau (Del Gen. Ciao, ¡Adiós!).-
Virus
Una vez, siendo pibe, se me
metió en la sangre
un virus misterioso, que según bate el tordo,
los que saben del yeite lo apodan "selectivo",
pues se da en los humanos, pero no ataca a todos.
Sólo al que en otros tiempos remontó tarasquitas,
o frecuentó el antiguo "Puchero misterioso",
o tuvo el primer baile cuando cumplió los quince,
o caminó las calles de algún barrio mistongo,
en largas madrugadas, al lado de un gomía,
chamuyando de minas, de Gatica o de Troilo.
Al tal virus, malaria de la gente que tiene
la proporción exacta de poeta y de loco,
lo bautizó la ciencia con un nombre: "Nostalgia",
y en sus fases agudas humedece los ojos
de los que lo sufrimos, cuando nos acordamos
del antiguo baldío donde hoy se alza un consorcio,
de las calles de tierra con los arcos de ropa
frente a los que soñamos ser Cherro, Sued, Bidoglio;
de los primeros largos, del club; de la milonga;
de penar por un beso mientras fuéramos novios;
de las bellas manolas que en carnaval llegaban;
de las holandesitas que poblaban los corsos;
del biógrafo en la calle con Tom Mix o La sombra,
con Carlitos Vidriero, con el Flaco y el Gordo;
de la enorme paciencia con que nos masticamos
el tiempo interminable de cumplir los dieciocho,
pase en blanco a los burros, al billar, a los dados,
o al rincón estañero del boliche del Toto;
de todo aquel pasado que se tomó el tranvía
y se piró al cachuzo galpón de los despojos,
al que una tarde de estas, desde un ayer gastado,
con el virus a cuestas, llegaremos nosotros.
----------------------------------------------------------------------------por Héctor Pablo Rubini – © El muro
cultural.com